El vino del estío- Ray Bradbury

Niños-jugando

La anciana señora Bentley nunca supo cómo había comenzado aquella relación con los niños. Los veía a menudo, como polillas y monos, en las tiendas, entre los repollos y las colgantes bananas, y ella les sonreía, y ellos le sonreían. La señora observaba cómo dejaban sus huellas en la nieve invernal, o se llenaban los pulmones con el humo de otoño, o se adormecían en las brisas de los manzanos primaverales, pero no la asustaban. En cuanto a ella, tenía su casa en perfecto orden, con todo en su lugar, ros pisos bien barridos, los alimentos en herméticas latas, los alfileres en almohadillas, y la parafernalia del pasado en los cajones de la cómoda, en el dormitorio. La señora Bentley era una conservadora. Conservaba billetes viejos y programas de teatros, cintas, encajes, todos los marbetes y muestras de la existencia.

— Tengo una pila de discos -decía a menudo-. Aquí está Caruso. Fue en 1916, en Nueva York; yo tenía sesenta años, y John vivía aún. Aquí está Luna de junio, 1924. Poco después, me parece, de que John muriera.

Aquélla era la mayor pena de su vida. Lo que a ella más le hubiera gustado tocar y escuchar y mirar, y que no había conservado. John estaba lejos, en un campo de hierbas, sellado, fechado y escondido, y no quedaba de él más que el alto sombrero de seda y el bastón y su traje mejor en el ropero. Las polillas habían devorado tantas cosas. Pero había guardado lo que había podido. Los vestidos de flores rosadas envolvían bolas de naftalina y platos de cristal tallado de su infancia en los vastos y negros baúles. Había traído todo al mudarse a este pueblo, hacía cinco años. Su marido había tenido bienes de renta en muchos lugares, y, como una pieza de ajedrez de marfil amarillo, ella había ido de aquí para allá, vendiéndolos todos, y ahora estaba en este pueblo extraño, con sólo sus baúles y sus muebles, oscuros y feos, que la rodeaban como criaturas de un zoo primordial. La historia con los chicos comenzó en medio del verano. La señora Bentley salió a regar la madreselva del porche y se encontró con dos niñitas de color y un niño tendidos en la hierba, disfrutando de sus inmensos cosquilleos. La señora Bentley les sonrió con su cara de máscara amarilla, y en ese mismo momento apareció en la esqulna, como una banda de duendes, un carro de helados. Del carro brotaban melodías de hielo, con sonidos claros y quebradizos, como si un experto tocase unas copas de cristal, convocando a todos. Los niños se incorporaron y volvieron las cabezas como girasoles que miran el sol.

— ¿Quieren helados? ¡Eh! -les dijo entonces la señora Bentley. El carro de helados se detuvo, y la anciana cambió algunas monedas por recuerdos de la original Edad del Hielo.

Los chicos le dieron las gracias con nieve en la boca, lanzándole ojeadas que iban de los zapatos abotinados a la blanca cabeza.

— ¿Quiere un mordisco? -dijo el niño.

— No, niño. Soy bastante vieja y bastante fría. El día más caluroso no puede derretirme -rió la señora Bentley.

Los niños llevaron arriba los glaciares en miniatura y se sentaron alineados en el porche sombrío.

— Yo soy Alice, ésta es Jane, y éste es Tom Spaulding.

— Qué bien. Y yo soy la señora Bentley. Me llaman Helen. Los chicos le clavaron los ojos. — ¿No creen que me llamen Helen? -dijo la vieja.

— No sabía que las señoras viejas tuvieran nombres -dijo Tom, parpadeando. La señora Bentley se rió secamente.

— Tom quiere decir que uno nunca oye esos nombres -dijo Jane.

— Mi querida, cuando seas tan vieja como yo tampoco te llamarán Jane. La vejez es algo espantosamente formal. Siempre somos “señoras”. A la gente no le gusta llamarte “Helen”. Les parece una descortesía.

— ¿Cuántos años tiene? -preguntó Alice.

La señora Bentley sonrió.

— Recuerdo el pterodáctico.

— Sí, ¿pero cuántos años?

— Setenta y dos. Los niños chuparon largamente sus helados, deliberando. — Son años -dijo Tom.

— Pues me siento como cuando tenía vuestra edad -dijo la vieja.

— ¿Nuestra edad?

— Sí. Una vez fui una niñita como tú, Jane, y tú, Alice.

Los niños callaron.

— ¿Qué pasa? Jane se puso de pie.

— Nada.

— Oh, no os iréis tan pronto, espero. No habéis terminado el helado… ¿Pasa algo?

— Mi madre dice que no se debe mentir.

— Claro que no, es muy feo -acordó la señora Bentley.

— Y no hay que escuchar a los que mienten.

— ¿Y quién te mintió, Jane?

Jane miró a la vieja y apartó nerviosamente los ojos.

— Usted -dijo.

— ¿Yo? -La señora Bentley se rió llevándose la garra marchita al pecho encogido- ¿Cuándo?

— Cuando habló de su edad, y dijo que fue una níñita.

La señora Bentley se endureció.

— Pero lo fui, hace muchos años. Una niñita como tú.

— Vamos, Alice, Tom.

— Un momento -dijo la señora Bentley- ¿No me creéis?

— No sé -dijo Jane- No.

— ¡Pero que ridículo! Es perfectamente lógico. Todos fuimos jóvenes una vez.

— No usted -susurró Jane, los ojos bajos, casi para sí misma.

El palito de su helado había caído en un estanque de vainilla, en el piso del porche.

— Pero por supuesto, yo tuve ocho, nueve, diez años, como todos vosotros.

Las niñas lanzaron una risita breve, rapidamente contenida. Los ojos de la señora Bentley relampaguearon.

— Bueno, no puedo perder la mañana discutiendo con niños. Yo también tuve diez años y fui tan tonta como vosotros.

Las dos niñas se rieron. Tom se movió intranquilo.

— Está burlándose de nosotras -dijo Jane con una risita-. Nunca tuvo realmente diez años, ¿no es cierto, señora Bentley?

— ¡Fuera de aquí! -gritó la mujer de pronto, pues no soportaba ya las miradas de los niños-. No tolero esas risas.

— Y no se llama Helen realmente.

— ¡Claro que me llamo Helen!

— Adiós -dijeron las dos niñitas, alejándose por el jardin, bajo océanos de sombra.

Tom las siguió lentamente:

— ¡Gracias por los helados!

— ¡Una vez jugué a la rayuela! -gritó la señora Bentley, pero los niños se habían ido.

La señora Bentley pasó el resto del día golpeando teteras, preparando ruidosamente un magro almuerzo y yendo de vez en cuando a la puerta de calle esperando pescar a aquellos demonios insolentes en algunas de sus risueñas excursiones. Pero, y si aparecieran, ¿qué les diría? ¿Y por qué preocuparse?

— ¡Qué idea! -le dijo la señora Bentley a su mellada y floreada taza de té- Nadie dudó jamás de que no haya sido una niña. Qué cosa horrible y tonta. No me importa ser vieja, pero no me gusta que me quiten mi infancia.

Los niños corrían bajo los árboles cavernosos, llevando la juventud de la señora Bentley, invisible como el aire, en los dedos helados. Luego de la cena, sin ningún motivo, la anciana se miró las manos, con la insensata certeza de que se movían como un par de guantes fantasmales en una sesión de espiritismo, y guardaban algunas cosas en un pañuelo perfumado. Luego salió a la puerta y se quedó allí, tiesamente, media hora. De pronto los chicos pasaron volando, como aves nocturnas, y la voz de la señora Bentley hizo que se detuvieran, con suaves aleteos.

— ¿Sí, señora Bentley?

— ¡Suban al porche! -ordenó la anciana, y las chicas subieron los escalones seguidas por Tom.

— ¿Sí, señora Bentley?

Hacían resonar aquel “señora” como los acordes bajos de un piano, pesadamente, como si fuese su nombre.

— Quiero mostrarles algunos tesoros.

La señora Bentley abrió el pañuelo perfumado y buscó adentro como si ella misma fuera a sorprenderse. Sacó un peine, muy pequeño y delicado, con el borde adornado de piedras de colores.

— Usé este peine cuando tenía nueve años -dijo la mujer.

Jane lo miró por un lado y por otro, y dijo:

— Qué bonito.

— ¡Veamos otras cosas! -dijo Alice.

— Y éste es un anillito que usé cuando tenía ocho años -dijo la señora Bentley-. Ya no me sirve. Si miras por aquí verás la torre de Pisa lista para caer.

— ¡Miremos cómo se tuerce! Y las chicas se lo pasaron una a otra hasta que Jane se lo puso en un dedo.

— Pero cómo, ¡es de mi tamaño! -exclamó.

— ¡Y el peine parece para mi cabeza! -jadeó Alice. La señora Bentley sacó unas piedrecitas.

— Mirad -dijo-, una vez jugé con ellas.

Las tiró. Las piedrecitas formaron una constelación en el piso del porche.

— ¡Y algo más!

La anciana sacó su carta de triunfo: una fotografía postal de ella misma cuando tenía siete años, con un vestido como una mariposa dorada, y rizos amarillos, y ojos de cristal azul, y labios enfurruñados y angélicos.

— ¿Quién es esta niñita? -preguntó Alice.

— ¡Soy yo!

Las dos niñitas miraron atentamente la postal.

— Pero no se parece a usted -dijo Jane simplemente-. Cualquiera puede conseguir una fotografía como ésta en cualquier parte.

Las niñas miraron un rato a la anciana.

— ¿Otras fotografías, señora Bentley? -preguntó Alice-. ¿De usted, más tarde? ¿Una de los quince, y una de los veinte, y otra de los cuarenta y los cincuenta?

Las niñas se rieron.

— ¡No tengo que mostraros nada! -dijo la señora Bentley.

— Entonces no tenemos por qué creerle -replicó Jane.

— ¡Pero este retrato prueba que digo la verdad!

— Es una niñita como nosotras. Alguien se la prestó.

— ¡Estuve casada!

— ¿Dónde está el señor Bentley?

— Se fue hace mucho tiempo. Si estuviera aquí os diría qué joven y hermosa era yo cuando tenía veintidós.

— Pero no está aquí, y no puede decirlo.

— Tengo un certificado de matrimonio.

— Pudieron habérselo prestado también. Sólo creeríamos que fue joven alguna vez -y Jane cerró los ojos como para subrayar qué segura estaba de sí misma- si alguien nos dijera que la conoció a usted cuando tenía diez años.

— Miles de personas me vieron, pero están muertas, niña tonta, o enfermas, y en otros pueblos. No conozco un alma aquí. Llegué hace cinco años, y nadie me vio de joven.

— Bueno, ahí tiene usted. -Jane guiñó un ojo a sus amigos- Nadie la vio.

— ¡Escucha! -La señora Bentley tomó a la niña por la muñeca— Tienes que creer en estas cosas. Algún día serás vieja como yo. La gente te dirá lo mismo. “Oh, no”, dirán, “estos buitres no fueron nunca ruiseñores, estos búhos no fueron oropéndolas, estos loros no fueron canarios.” ¡Un día serás como yo!

— ¡No! ¡No! -dijeron las niñas-. — ¿Sí? -se preguntaron.

— ¡Esperad y veréis! -dijo la señora Bentley.

Y en su interior pensó: Oh, Dios, los niños son niños, y las viejas son viejas, y nada los une. No pueden imaginar un cambio que no ven.

— Tu madre -le dijo a Jane-. ¿No notaste, con los años, un cambio?

— No -dijo Jane- Es siempre la misma.

Y era cierto. Uno vive con alguien, lo ve todos los días, y parece que nunca cambiara. Sólo cuando la gente ha hecho un largo viaje y han pasado años, uno se sorprende. Y la vieja se sintió como una mujer que había viajado durante setenta y dos años en un tren negro y rugiente, y que al fin había descendido en una plataforma y todos la habían recibido llorando: “Hola, Helen Bentley, ¿eres tú?”

— Será mejor que volvamos a casa -dijo Jane-. Gracias por el anillo. Me queda muy bien.

— Gracias por el peine, es muy lindo.

— Gracias por el retrato de la niñita.

— ¡Volved! ¡No podéis llevaros mis cosas! -gritó la señora Bentley- mientras las niñas bajaban los escalones- ¡Son mías!

— ¡Volved! -dijo Tom, siguiendo a las niñas.

— Pero si no son de ella. Son de alguna otra chica. ¡Gracias! -gritó Alice.

La anciana siguió llamando, pero las niñas desaparecieron como polillas en la oscuridad.

— Lo siento -dijo Tom, en el jardín, alzando los ojos hacia la señora Bentley, y se fue.

Se llevaron mi anillo y mi peine y mi retrato, pensó la señora Bentley, temblando de pies a cabeza en los escalones. Oh, estoy vacía, vacía. Se quedó despierta muchas horas, entre sus baúles y chucherías. Miró las ordenadas pilas de materiales y juguetes y plumas de ópera, y dijo en voz alta:

— ¿Son realmente míos? ¿O era aquello la elaborada intriga de una vieja que creía tener un pasado? Al fin y al cabo, no era posible volver atrás. Uno vivía siempre en el presente. Podía haber sido una niñita en otro tiempo, pero ya no lo era. Su infancia había desaparecido. Un viento nocturno entró en el cuarto. La cortina blanca aleteó contra un bastón oscuro, siempre apoyado en la pared, junto a los otros recuerdos. El bastón tembló y cayó suavemente al piso, iluminado por la luna. Era el bastón de gala de su marido. La férula de oro centelleaba. Parecía como si apuntara hacia ella, como su marido había hecho a veces, cuando no estaban de acuerdo y él le hablaba con una voz suave, triste y razonable.

— Esos niños tienen razón -diría él-. No te robaron nada, querida mía. Esas cosas no pertenecen al ser que eres aquí y ahora. Son de otro tú, de hace tiempo.

Oh, pensó la señora Bentley. Y entonces, como si alguien hubiera puesto en el fonógrafo un viejo disco que siseaba bajo la aguja de acero, recordó la conversación que había tenido una vez que el señor Bentley, tan pulcro, un señor de clavel encarnado en la brillante solapa.

— Querida mía -había dicho el señor Bentley-, nunca entenderás el tiempo, ¿no es verdad? Siempre intentando ser lo que fuiste, en vez de ser lo que eres. ¿Para qué guardas esos billetes y esos programas de teatro? Te harán daño más tarde. Tíralos, querida.

Pero la señora Bentley los había conservado tercamente.

— No dará resultado -continuó el señor Bentley, sorbiendo su té-. Aunque trates por todos los medios de ser lo que eras, sólo podrás ser lo que eres aquí y ahora. El tiempo hipnotiza. Cuando tienes nueve años, piensas que siempre tendrás nueve años. Cuando tienes treinta, imaginas que te quedarás ahí, a orillas de la edad madura. Y cuando llegas a los setenta, que tendrás eternamente setenta. Estás en el presente, atrapada en un ahora joven o viejo, pero no hay otro ahora.

Había sido una de las escasas y suaves disputas de su tranquilo matrimonio. El nunca había aprobado aquella manía.

— Sé lo que eres, entierra lo que no eres -le había dicho-. Guardar billetes es un truco. Conservar cosas es un truco mágico con espejos.

¿Y si él hubiese estado vivo esta noche, qué diría?

— Estás guardando capullos de gusanos -eso diría-. Corsés, en cierto modo, que ya nunca podrán servirte. ¿Por qué? No puedes probar realmente que fuiste joven. ¿Retratos? No, mienten. No eres el retrato. ¿Documentos? No, mi querida. No eres las fechas, ni la tinta, ni el papel. No eres esos baúles llenos de restos inútiles y polvo. Eres sólo tú, aquí, ahora… el tú presente.

La señora Bentley asintió, respirando mejor.

— Sí, ya veo, ya veo.

El bastón de férula de oro yacía a la luz de la luna.

— A la mañana -le dijo la anciana al bastón- terminaré de algún modo con esto, y empezaré a ser sólo yo, y nadie más durante un año. Sí, eso haré.

La anciana se durmió… La mañana era brillante y verde, y allí a la puerta, golpeando suavemente la tela de alambre, estaban las dos niñas.

— ¿No tiene otra cosa para darnos, señora Bentley? ¿Alguna cosa de la niñita?

La señora Bentley las llevó a la biblioteca.

— Toma. -Le dio a Jane el vestido de hija del mandarin de sus quince años.

– Y esto. Un caleidoscopio, una lupa. Llevaos lo que queráis -dijo la señora Bentley-. Libros, patines, muñecas, todo es vuestro.

— ¿Nuestro?

— Sólo vuestro. ¿Me ayudaréis en un trabajito? Haré una gran hoguera en el patio de atrás. Estoy vaciando baúles, juntando basura para el basurero. Estas cosas no me pertenecen. Nada pertenece a nadie.

— La ayudaremos -dijeron las niñas.

La señora Bentley enseñó el camino hacia el patio de atrás con los brazos cargados, una caja de fósforos en la mano derecha. En el resto del verano se pudo ver a las dos niñitas y a Tom, como pajarracos en un alambre, esperando en el porche de la señora Bentley. Y cuando se oían los sones argentinos del hombre de los helados, se abría la puerta, y la señora Bentley salía flotando, con la mano hundida profundamente en su monedero de boca de plata, y durante media hora uno podía verlos en el porche poniendo hielo en el calor, comiendo helados de chocolate, riéndose. Eran al fin buenos amigos.

— ¿Cuántos años tiene usted, señora Bentley?

— Setenta y dos.

— ¿Cuántos años tenía hace cincuenta años?

— Setenta y dos.

— ¿Nunca fue joven, no es cierto, y nunca usó cintas y vestidos como éstos?

— No.

— ¿No tiene nombre?

— Mi nombre es señora Bentley.

— ¿Y siempre vivió en esta casa?

— Siempre.

— ¿Y nunca fue bonita?

— Nunca.

— ¿Nunca en un millón de trillones de años?

Las dos niñas se inclinaban hacia la vieja, y esperaban en el apretado silencio de las cuatro de la tarde.

— Nunca -decía la señora Bentley- en un millón de trillones de años.

large

Anuncios
Publicado en Libros | Deja un comentario

El vino del estío

adios.jpg

Eran las siete, la cena había terminado, y los chicos llegaban uno a uno mientras se oían portazos y las voces de los padres que gritaban que no golpeasen las puertas. Douglas y Tom y Charlie y John estaban con una media docena de otros niños, y era hora de jugar al escondite y las estatuas.

— Sólo un juego -dijo John-. Luego me iré a casa. El tren sale a las nueve. ¿Quién va ser el monstruo?

— Yo -dijo Douglas.

— Es la primera vez que alguien se ofrece voluntariamente -dijo Tom.               Douglas miró a John largo rato. Al fin dijo:

— Corred.

Los muchachos se desparramaron, gritando. John retrocedió alejándose, al fin se volvió y empezó a trotar. Douglas contó lentamente. Dejó que los chicos se alejaran, se separaran, estuviesen cada uno en su pequeño mundo. Cuando casi se habían perdido de vista, aspiró profundamente.

— ¡Estatuas!

Todos quedaron petrificados. Muy lentamente, Douglas cruzó la hierba acercándose a John Huff que se alzaba como un ciervo de hierro en el anochecer. Muy lejos estaban los otros niños, con las manos levantadas, las caras retorcidas, los ojos brillantes como ardillas embalsamadas. Pero aquí estaba John, solo e inmóvil, y nadie podía estropear ese momento corriendo o gritando.

Douglas caminó alrededor de la estatua en un sentido, y luego en el otro. La estatua no se movió. No habló. Miraba el horizonte, esbozando una sonrisa. Era como aquella vez, hacía años, en Chicago, cuando habían visitado un lugar donde había figuras de mármol y él había caminado alrededor, en silencio.

Aquí estaba John Huff con las rodillas y los fondillos de los pantalones manchados de hierba, y lastimaduras en los dedos, y cortaduras en los codos. Aquí estaba John Huff con los callados zapatos de tenis, los pies envueltos en silencio. Aquella era la boca que había mordido muchos duraznos en el verano, y que había dicho una o dos cosas acerca de la vida y la tierra. Y allí estaban los ojos, no ciegos como los ojos de las estatuas, sino de un oro verdoso fundido. Y allí se movía el pelo, ya hacia el norte, ya hacia el sur, o hacia el lugar a donde soplara la brisa. Y allí las manos, con todo el pueblo en ellas, con suciedad de los caminos, y astillas de corteza de árbol, los dedos que olían a cañamo y uvas y manzanas ácidas, viejas monedas o ranas verdes. Allí estaban las orejas, con la luz del sol que las atravesaba, y que parecían un brillante y cálido durazno, y aquí, invisible, el aliento de menta en el aire.

— John, ahora -dijo Douglas-, no muevas ni siquiera una pestaña. ¡Te ordeno absolutamente que te quedes aquí y no te muevas en las próximas tres horas! John movió los labios.

— Doug…

— ¡Estatua! -gritó Douglas.

John miró otra vez el cielo, pero ahora no sonreía.

— Tengo que irme -susurró.

— ¡Ni un músculo, es el juego!

— Tengo que irme a casa.

La estatua se movió, las manos cayeron, y la cabeza se volvió para mirar a Douglas. Los otros niños dejaron caer los brazos, también.

— Jugaremos otra vez -dijo John-. Pero yo seré el monstruo. ¡Corred!

Los niños corrieron.

— ¡Quietos!

Los niños se helaron. Douglas con ellos.

— ¡Ni un músculo! -gritó John-. ¡Ni un pelo!

Se acercó a Douglas.

— Muchacho, no hay otro modo.

Douglas miraba el cielo del anochecer.

— ¡Estatuas quietas, todos, los próximos tres minutos! -dijo John. Douglas sintió que John caminaba alrededor como él, hacía un rato. Sintió que John le golpeaba un brazo, no muy fuerte.— Hasta pronto -dijo.

Luego se oyó el ruido de alguien que corría y Douglas supo sin mirar que detrás no había nadie.

Muy lejos, se oyó el pitido de un tren.

Tren.jpg

Publicado en Libros | 2 comentarios

Crónicas marcianas-Ray Bradbury

ruinas_tumbas_y_ciudades_perdidas_donde_sentirse_como_indiana_jones_146281736_650x

—¿Ruinas, dijiste?
—Sí. ¿Tienes miedo?
—¿Quién desea ver el futuro? ¿Quién ha podido desearlo alguna vez? Un hombre puede enfrentarse con el pasado, pero pensar… ¿Has dicho que las columnas se han desmoronado? ¿Y que el mar está vacío y los canales, secos y las doncellas muertas y las flores marchitas? —El marciano calló y miró hacia la ciudad lejana—. Pero están ahí. Las veo. ¿No me basta? Me aguardan ahora, y no importa lo que digas.

Publicado en Libros | Deja un comentario

In the sun- Joseph Arthur

flotar
I picture you in the sun wondering what went wrong/ Te imagino en el sol preguntándote qué fue mal
And falling down on your knees asking for sympathy/ Y cayendo sobre tus rodillas, pidiendo clemencia
And being caught in between all you wish for and all you seen/ Y encontrándote entre todo lo que deseas y lo que has visto
And trying to find anything you can feel that you can believe in/ Y tratando de encontrar alguna cosa en la que sientas que puedas creer

May god’s love be with you/ Que el amor de Dios esté contigo
Always/ Siempre
May god’s love be with you/ Que el amor de Dios esté contigo

I know I would apologize if I could see your eyes/ Sé que me disculparía si pudiera ver tus ojos
’cause when you showed me myself I became someone else/ Porque cuando me mostraste a mí mismo me convertí en otra persona
But I was caught in between all you wish for and all you need/ Pero me quedé atrapado entre todo lo que deseabas y necesitabas
I picture you fast asleep/ Te imagino completamente dormida
A nightmare comes/ Una pesadilla llega
You can’t keep awake/ No puedes mantenerte despierta

May god’s love be with you/ Que el amor de Dios esté contigo
Always/ Siempre
May god’s love be with you/ Que el amor de Dios esté contigo

Always/ Siempre
May god’s love be with you/ Que el amor de Dios esté contigo

’cause if I find/ Porque si encuentro
If I find my own way/ Si encuentro mi propio camino
How much will I find/ Cuánto encontraré
If I find/ Si encuentro
If I find my own way/ Si encuentro mi propio camino
How much will I find/ Cuánto encontraré
You/ de ti
I don’t know anymore/ Ya no sé
What it’s for/ Para qué es esto
I’m not even sure/ Todavía no estoy seguro
If there is anyone who is in the sun/ De si hay alguien en el sol
Will you help me to understand/ Me ayudarás a entender
’cause I been caught in between all I wish for and all I need/ Porque me quedé atrapado entre todo lo que deseaba y necesitaba
Maybe you’re not even sure what it’s for/ Tal vez no estás más segura de para qué es
Any more than me/ Que yo

May god’s love be with you/ Que el amor de Dios esté contigo
Always/ Siempre
May god’s love be with you/ Que el amor de Dios esté contigo

Always/ Siempre
May god’s love be with you/ Que el amor de Dios esté contigo

’cause if I find/ Porque si encuentro
If I find my own way/ Si encuentro mi propio camino
How much will I find/ Cuánto encontraré
If I find/ Si encuentro
If I find my own way/ Si encuentro mi propio camino
How much will I find/ Cuánto encontraré…

If I find/ Si encuentro
If I find my own way/ Si encuentro mi propio camino
How much will I find/ Cuánto encontraré…

230px-Crepuscular_rays_color

Publicado en Música | 1 Comentario

Let her go- Passenger

descarga

Well you only need the light when it’s burning low/ Sólo necesitas la luz cuando se está extinguiendo
Only miss the sun when it starts to snow/Sólo añoras el sol cuando empieza a nevar
Only know you love her when you let her go/ Sólo entiendes que la quieres, cuando le dejas marchar
Only know you’ve been high when you’re feeling low/ Sólo sabes que has estado arriba cuando estás abajo
Only hate the road when you’re missing home/ Sólo odias la carretera cuando añoras tu hogar
Only know you love her when you let her go/ Sólo sabes que la quieres cuando le dejas marchar
And you let her go/ Y le dejas marchar
Staring at the bottom of your glass/Mirando fijamente el fondo de tu vaso
Hoping one day you’ll make a dream last/ Deseando que algún día cumplirás un último sueño
But dreams come slow and they go so fast/ Pero los sueños vienen despacio y se van tan rápido
You see her when you close your eyes/ La ves cuando cierras los ojos
Maybe one day you’ll understand why/ Tal vez algún día entenderás por qué
Everything you touch, surely dies/ Todo lo que tocas, seguramente muera

But you only need the light when it’s burning low/ Pero sólo necesitas la luz cuando se está extinguiendo
Only miss the sun when it starts to snow/Sólo añoras el sol cuando empieza a nevar
Only know you love her when you let her go/ Sólo entiendes que la quieres, cuando le dejas marchar
Only know you’ve been high when you’re feeling low/ Sólo sabes que has estado arriba cuando estás abajo
Only hate the road when you’re missing home/ Sólo odias la carretera cuando añoras tu hogar
Only know you love her when you let her go/ Sólo sabes que la quieres cuando le dejas marchar

Staring at the ceiling in the dark/ Mirando el techo en la oscuridad
Same old empty feeling in your heart/ El mismo viejo y vacío sentimiento en tu corazón
‘Cause love comes slow and it goes so fast/ Porque el amor llega despacio y se va tan rápido
Well you see her when you fall asleep/ La ves cuando vas a caer dormido
But never to touch and never to keep/ Pero nunca tocas y nunca permanece
‘Cause you loved her too much and you dive too deep/ Porque la amaste demasiado y te precipitaste tanto

Well you only need the light when it’s burning low/ Sólo necesitas la luz cuando se está extinguiendo
Only miss the sun when it starts to snow/Sólo añoras el sol cuando empieza a nevar
Only know you love her when you let her go/ Sólo entiendes que la quieres, cuando le dejas marchar
Only know you’ve been high when you’re feeling low/ Sólo sabes que has estado arriba cuando estás abajo
Only hate the road when you’re missing home/ Sólo odias la carretera cuando añoras tu hogar
Only know you love her when you let her go/ Sólo sabes que la quieres cuando le dejas marchar
And you let her go/ Y le dejas marchar
Oh oh oh no
And you let her go/ Y le dejas marchar
Oh oh oh no
Well you let her go/ Y le dejas marchar

‘Cause you only need the light when it’s burning low/ Porque sólo necesitas la luz cuando se está extinguiendo
Only miss the sun when it starts to snow/Sólo añoras el sol cuando empieza a nevar
Only know you love her when you let her go/ Sólo entiendes que la quieres, cuando le dejas marchar
Only know you’ve been high when you’re feeling low/ Sólo sabes que has estado arriba cuando estás abajo
Only hate the road when you’re missing home/ Sólo odias la carretera cuando añoras tu hogar
Only know you love her when you let her go/ Sólo entiendes que la quieres, cuando le dejas marchar

Cause you only need the light when it’s burning low/ Porque sólo necesitas la luz cuando se está extinguiendo
Only miss the sun when it starts to snow/Sólo añoras el sol cuando empieza a nevar
Only know you love her when you let her go/ Sólo entiendes que la quieres, cuando le dejas marchar
Only know you’ve been high when you’re feeling low/ Sólo sabes que has estado arriba cuando estás abajo
Only hate the road when you’re missing home/ Sólo odias la carretera cuando añoras tu hogar
Only know you love her when you let her go/ Sólo sabes que la quieres cuando le dejas marchar
And you let her go…/ Y le dejas marchar…

 

 

Publicado en Música | Deja un comentario

Breath me- Sia

Help, I have done it again/ Ayuda, lo he hecho otra vez
I have been here many times before/ He estado tantas veces aquí antes…
Hurt myself again today/ Me he hecho daño otra vez vez hoy
And the worst part is there’s no-one else to blame/ Y lo peor es que no hay nadie a quien culpar

Be my friend, hold me/ Sé mi amigo, abrázame
Wrap me up, un-fold me/ Envuélveme, desdóblame
I am small, and needy/ Soy pequeña y estoy necesitada
Warm me up, and breathe me/ Anímame e inspírame

Ouch I have lost myself again/ Me he perdido a mí misma otra vez
Lost myself and I am nowhere to be found/ Me perdí y no estoy en un lugar donde encontrarme
Yeah I think that I might break/ Es posible que me descomponga
I’ve lost myself again, and I will, I’ll say/ Me he perdido otra vez y diré…

Be my friend, hold me/ Sé mi amigo, abrázame
Wrap me up, un-fold me/ Envuélveme, desdóblame
I am small, and needy/ Soy pequeña y estoy necesitada
Warm me up, and breathe me/ Anímame e inspírame

Be my friend, hold me/ Sé mi amigo, abrázame
Wrap me up, un-fold me/ Envuélveme, desdóblame
I am small, and needy/ Soy pequeña y estoy necesitada
Warm me up, and breathe me/ Anímame e inspírame

Publicado en Música | 2 comentarios

No os paréis ante mi tumba para llorar

descarga

No os paréis ante mi tumba para llorar,
porque ahí no me vais a encontrar.

Soy la fuerza del viento al soplar,
y la luz blanca al nevar.

Soy el sol sobre el maduro trigal,
soy la lluvia suave y otoñal.

No os paréis ante mi tumba para llorar,
porque ahí nunca pararé a descansar.

Publicado en Libros | 3 comentarios